Pues aquí la primera parte de nuestro viaje relámpago a Gijón.
Salimos el día nueve a primerísima hora de la mañana, y entre bostezos y demás penurias, conseguimos cargar el coche y coger carretera y manta. Prizz y yo nos atrincheramos en la parte de atrás a dormitar, mientras Mon Mère y Guillermo conducían por turnos. Hay algo así como seis horas y media, sin contar las paradas.
La primera fue al poco rato en busca de un baño, que el café es diurético, y aprovechamos para masticar unos kikos del tamaño de nueces (nunca es demasiado temprano para masticar unos kikos...) La segunda, ya en el área de servicio de Bilbao. Aquel tramo de autopista es de traca, hay muchísimo tráfico y los coches van como las balas.
Total, que llegamos allá justo a la hora de comer. En Gijón empezaban también las fiestas de la semana grande, y hay mucho ambiente. Asturias en general me gusta mucho, tienes el verde a dos pasos de la ciudad, casi sin salir...
Guillermo nos llevó a comer a un sitio que visitaba diariamente cuándo vivía allí: La casa del mar. Comida casera de la buena. Nos pusimos hasta las patas de todo, y yo disfruté con el postre cosa mala. Me pierden las natillas con mucha canela...
El café, en Café Gijón. Un buen sitio dónde tomar esas copas con nata o helado.
El café está decorado con un sinfín de curiosidades y antigüedades. Desde las viejas latas del colacao, a cochecitos de bebés de los años cincuenta. También un montón de cuadros, ya que exponen regularmente obras de varios artistas poco conocidos. En fin, para verlo.
Como estaba frente al puerto, aprovechamos para dar por ahí una vuelta rápida y apuntarnos en la oficina de turismo, que está allí mismo, a una excursión para la tarde del día siguiente: Gijón en Verde.
Después, visita al acuario. Nos lo pasamos bomba pegando la nariz al cristal como los críos, viendo todo tipo de bichos marinos.

Nos gustaron especialmente la pareja de nutrias, que saltaban y hacían giros imposibles mientras los turistas miraban embobados ¡Oooooh! ¡Aaaaaaaaah! Eran preciosas. Había en muchas de las zonas unos curiosos agujeritos dónde meter la cabeza para verlo todo desde dentro. Aquí también estaban, y parecía que ellas te invitasen a nadar al pasar rozando la burbuja de cristal a tu lado.
Nos dieron ganas de hacer el lerdo, y es que cualquier excusa es buena...

Hacia el final del trayecto, otra cosa que nos sorprendió fue el tiburón toro. Era ENORME y debíamos gustarle, pues no paraba de dar vueltas en círculo a nuestro alrededor. Se movía muy despacio, y tenía la mirada vacía propia de estos animales, que compensaba con una boca llena de dientes afiladísimos. Glups.

¿Qué me decís? Imponía más verlo de cerca, of course, pero la foto de Mon Mère me encanta.
Al terminar la visita nos reunimos con unos amigos de Mon Mère y Guillermo, para tomar algo y ver dónde cenar.
Aquí llega lo más interesante. Decidieron (yo no, porque era la primera vez que pisaba Gijón) ir a un lugar dónde al parecer, se cenaba de fábula y en el interior de unos toneles. Esto a mi me llamó la atención, porque por aquí tenemos un sitio muy chulo dónde también se hace, aunque no imaginaba que sería tan... espectacular...
El sitio en cuestión es Tierra Astur, en Colloto. Al parecer hay que ir con reserva previa, y fue una suerte que al llamar nos diesen para ese mismo día.
El restaurante es una nave, y la decoración es una pasada, todo en madera, con música celta en directo al fondo. Hice fotos a porrillo.
En esta se aprecian muy bien las botellas de sidra que pendían del techo por todo el comedor. Al fondo, las cocinas.

Una mejor vista de las cocinas, y fijaros en las neveras de carnaza fresca, de dónde sacaban a medida que la gente pedía de cenar. Prizz decía al ver todo esto, que las vacas de Asturias se estremecían de miedo cada vez que Tierra Astur hace un pedido de carne... Y no le falta razón, seguro.
Mi cabezón en medio flipando. En la zona de abajo, había mesas normales.

Y metidos en el tonel, mientras esperábamos la cena. Yo aquí estaba mirando como pasaban las tablas de comida, preguntándome como sería la nuestra.

Y llegó... Yo no es que disfrute comiendo, no soy una de esas personas que hacen turismo gastronómico, y hasta me duele un poquito gastarme el dinero en comida, cuando puedo hacerlo en algo que permanecerá en mis estanterías para siempre, peeeeeero, aquella noche cenamos como reyes, y nunca he probado unas cosas tan ricas como las que nos pusieron delante de las narices en aquella enorme tabla...

La segunda, la de las carnes a la parrilla, también fue apoteósica. Para entonces, yo ya no podía ni con el pelo.

Allí se bebe sangría de sidra, que aunque yo no tomo nada de alcohol, es mucho más rica que la de vino (a mi por lo menos así me lo pareció)
Un par de fotos más, para que veáis la distribución un poco mejor.


La degeneración total vino con el Cerdo con Tirantes, nombre que le adjudicó uno de los chicos con los que cenábamos, al ver como un chico en una de las mesas de abajo, se metía entre pecho y espalda un cachopo ENTERO. ¿Os imagináis uno de esos bistec enoooooooormes? Si, si, los que casi hacen el kilo de carne. Un cachopo consta de dos bistec (en este caso eran bistec de ternera) empanados, y en su interior jamón y queso. Como un sanjacobo gigantesco, dantesco y fantasmagórico. Se terminó hasta la guarnición (el cachopo venía acompañado de toneladas de vegetales, haciendo a la vista una fuente de casi un palmo de alta)
Yo no salía de mi estupor, y hasta intenté hacerle una foto, cuan animal de zoológico digno de admirar.
Lo que hay que ver, mon die.
Salimos el día nueve a primerísima hora de la mañana, y entre bostezos y demás penurias, conseguimos cargar el coche y coger carretera y manta. Prizz y yo nos atrincheramos en la parte de atrás a dormitar, mientras Mon Mère y Guillermo conducían por turnos. Hay algo así como seis horas y media, sin contar las paradas.
La primera fue al poco rato en busca de un baño, que el café es diurético, y aprovechamos para masticar unos kikos del tamaño de nueces (nunca es demasiado temprano para masticar unos kikos...) La segunda, ya en el área de servicio de Bilbao. Aquel tramo de autopista es de traca, hay muchísimo tráfico y los coches van como las balas.
Total, que llegamos allá justo a la hora de comer. En Gijón empezaban también las fiestas de la semana grande, y hay mucho ambiente. Asturias en general me gusta mucho, tienes el verde a dos pasos de la ciudad, casi sin salir...
Guillermo nos llevó a comer a un sitio que visitaba diariamente cuándo vivía allí: La casa del mar. Comida casera de la buena. Nos pusimos hasta las patas de todo, y yo disfruté con el postre cosa mala. Me pierden las natillas con mucha canela...
El café, en Café Gijón. Un buen sitio dónde tomar esas copas con nata o helado.
El café está decorado con un sinfín de curiosidades y antigüedades. Desde las viejas latas del colacao, a cochecitos de bebés de los años cincuenta. También un montón de cuadros, ya que exponen regularmente obras de varios artistas poco conocidos. En fin, para verlo.
Como estaba frente al puerto, aprovechamos para dar por ahí una vuelta rápida y apuntarnos en la oficina de turismo, que está allí mismo, a una excursión para la tarde del día siguiente: Gijón en Verde.
Después, visita al acuario. Nos lo pasamos bomba pegando la nariz al cristal como los críos, viendo todo tipo de bichos marinos.

Nos gustaron especialmente la pareja de nutrias, que saltaban y hacían giros imposibles mientras los turistas miraban embobados ¡Oooooh! ¡Aaaaaaaaah! Eran preciosas. Había en muchas de las zonas unos curiosos agujeritos dónde meter la cabeza para verlo todo desde dentro. Aquí también estaban, y parecía que ellas te invitasen a nadar al pasar rozando la burbuja de cristal a tu lado.
Nos dieron ganas de hacer el lerdo, y es que cualquier excusa es buena...

Hacia el final del trayecto, otra cosa que nos sorprendió fue el tiburón toro. Era ENORME y debíamos gustarle, pues no paraba de dar vueltas en círculo a nuestro alrededor. Se movía muy despacio, y tenía la mirada vacía propia de estos animales, que compensaba con una boca llena de dientes afiladísimos. Glups.

¿Qué me decís? Imponía más verlo de cerca, of course, pero la foto de Mon Mère me encanta.
Al terminar la visita nos reunimos con unos amigos de Mon Mère y Guillermo, para tomar algo y ver dónde cenar.
Aquí llega lo más interesante. Decidieron (yo no, porque era la primera vez que pisaba Gijón) ir a un lugar dónde al parecer, se cenaba de fábula y en el interior de unos toneles. Esto a mi me llamó la atención, porque por aquí tenemos un sitio muy chulo dónde también se hace, aunque no imaginaba que sería tan... espectacular...
El sitio en cuestión es Tierra Astur, en Colloto. Al parecer hay que ir con reserva previa, y fue una suerte que al llamar nos diesen para ese mismo día.
El restaurante es una nave, y la decoración es una pasada, todo en madera, con música celta en directo al fondo. Hice fotos a porrillo.
En esta se aprecian muy bien las botellas de sidra que pendían del techo por todo el comedor. Al fondo, las cocinas.

Una mejor vista de las cocinas, y fijaros en las neveras de carnaza fresca, de dónde sacaban a medida que la gente pedía de cenar. Prizz decía al ver todo esto, que las vacas de Asturias se estremecían de miedo cada vez que Tierra Astur hace un pedido de carne... Y no le falta razón, seguro.
Mi cabezón en medio flipando. En la zona de abajo, había mesas normales.

Y metidos en el tonel, mientras esperábamos la cena. Yo aquí estaba mirando como pasaban las tablas de comida, preguntándome como sería la nuestra.

Y llegó... Yo no es que disfrute comiendo, no soy una de esas personas que hacen turismo gastronómico, y hasta me duele un poquito gastarme el dinero en comida, cuando puedo hacerlo en algo que permanecerá en mis estanterías para siempre, peeeeeero, aquella noche cenamos como reyes, y nunca he probado unas cosas tan ricas como las que nos pusieron delante de las narices en aquella enorme tabla...

La segunda, la de las carnes a la parrilla, también fue apoteósica. Para entonces, yo ya no podía ni con el pelo.

Allí se bebe sangría de sidra, que aunque yo no tomo nada de alcohol, es mucho más rica que la de vino (a mi por lo menos así me lo pareció)
Un par de fotos más, para que veáis la distribución un poco mejor.


La degeneración total vino con el Cerdo con Tirantes, nombre que le adjudicó uno de los chicos con los que cenábamos, al ver como un chico en una de las mesas de abajo, se metía entre pecho y espalda un cachopo ENTERO. ¿Os imagináis uno de esos bistec enoooooooormes? Si, si, los que casi hacen el kilo de carne. Un cachopo consta de dos bistec (en este caso eran bistec de ternera) empanados, y en su interior jamón y queso. Como un sanjacobo gigantesco, dantesco y fantasmagórico. Se terminó hasta la guarnición (el cachopo venía acompañado de toneladas de vegetales, haciendo a la vista una fuente de casi un palmo de alta)
Yo no salía de mi estupor, y hasta intenté hacerle una foto, cuan animal de zoológico digno de admirar.
Lo que hay que ver, mon die.



































