Es un sitio al que siempre he querido ir. Han sido solo cuatro días, pero cuatro días muy exprimidos y aprovechados.
Lo más engorroso del viaje es tener que desplazarnos hasta el aeropuerto de Gerona, a tres horas y media de nuestra ciudad. El viaje de ida fue muy entretenido, con la ilusión y todo. Y además nos fuimos los cinco en un coche (en realidad somos como Los Cinco, de Enid Blyton, en una retorcida versión para adultos). El señor R, a quien he mencionado muchas veces, otra pareja de amigos a los que llamaré F y O, por aquello de mantener a salvo su identidad (y porque veo Gossip Girl y se me pega todo), y nosotros mismos, of course. Prizz pasó a ser Máximo (aunque su nombre sea Gladiador) en cuanto pisó el aeropuerto de Ciampino. Cosas suyas.
En el coche, acaloradas discusiones se dieron paso una tras otra. Desde luego, ninguna podría igualarse a la media hora larga de carrete que nos proporcionó El extraño caso de Benjamin Button, la nueva película de Brad Pitt que ninguno había visto. El niño que nace anciano y a medida que crece va siendo más joven, hasta que muere como un bebé. Esto genera innumerables incógnitas, como si al nacer sería un bebé de setenta kilos con canas y arrugas, o un viejecillo del tamaño de un RN, y viceversa. Al final tendremos que verla.
Tras una parada a repostar (nosotros, no el coche), llegamos a Gerona sin más contratiempo.
El coche, mejor dejarlo en el parking. Ocho euros el día entre los cinco es mejor que dejarlo por ahí solo.
Y la primera foto del día (ni de coña, ya llevaba mil. Puedo llegar a ser muy absurda haciendo fotos, pero eso ya lo sabéis)

El aeropuerto es muy pequeño y algo depresivo. No tiene la vidilla de las grandes terminales. O eso dicen, porque yo no he estado en ningún otro aeropuerto. Estaba virgen en esto de los vuelos. Virgen y de los nervios.

Al llegar a nuestra mesa para canjear el billete, tuvimos que empezar a soltar pasta. Diez euros más cada uno por no sé qué historias. En la web de Ryanair no está muy clara esa información y todo el mundo se llevaba la sorpresa. Aún así, ida y vuelta a Roma 60€ en total.
Los controles de equipaje son para escribir un libro a parte.
Normas básicas para el equipaje de mano: Medidas 50 x 40 x 25. Nosotros preocupados por tenerlo todo en orden y la gente subiendo con auténticos maletones... luego las cosas no caben en los compartimentos y muchos tienen que llevar sus bolsas entre las piernas.
Tampoco puedes llevar geles, desodorantes, pasta de dientes, o cualquier otro líquido en botellitas que pasen de 100ml. La hidratante facial de O se quedó sin viaje, esperando tristemente nuestra vuelta en el maletero. Por 25ml.
Para pasar los controles tuvimos que quitarnos toda la chatarra. Prizz y O las botas. Yo me dejé el bolso en casa y llevaba una riñonera hortera de los chinos. Hortera pero útil, sin peso para mi contractura. Todos me pedían gasolina.
Tenía miedo de que no me dejasen pasar las pilas, porque en una web advertían sobre las pequeñas baterías líquidas. Lo que viene a ser una pila, vamos. Al final no hubo ningún problema.
Las fotografías en el exterior están terminantemente prohibidas. Como no lo sabía, yo a mi rollo.
Al vislumbrar los aviones me temblaron las rodillas. Menos mal que llevaba Tobosines, y tenerlos pegados a los dientes durante veinte minutos ayudó a pensar en otras cosas. Todas relacionadas con ortodoncias de urgencia.

El despegue era lo que más miedo me daba, y me puse tan tensa que casi me fundo con el sillón.
Una vez en el aire, todo es tan bonito que se me pasó enseguida. Es verdad que las nubes parecen de algodón. Al verlas de cerca, es aún más cierto.


Todo el viaje es por encima del mar, aunque sobrevolamos Córcega. Si hubiésemos atravesado más sitios, Prizz termina estrangulándome. Quería saberlo todo. Y al llegar me parecía ver claramente una bota jejeje
Soy como un niño.
Ciampino está bastante a las afueras de Roma, pero en el aeropuerto de Gerona compramos unos billetes de autobús de ida y vuelta a la estación de Termini ("Estación Termini, mítica película de Vittorio de Sica, escrita por Truman Capote". Frase del señor R al llegar a la estación en cuestión)
El hotel también nos daba miedo. Hotel completamente céntrico y baratísimo. Pri... Máximo y yo hemos dormido en Roma por 120 euros. Toda la estancia. Gracias a F.
Al llegar pudimos comprobar que era un sitio genial. Con las sábanas limpias, toallas, gel, jabones, etc. Además, el interior parecía un patio romano.
E aquí la entrada:

Allí mismo nos dieron un mapa a cada uno. El recepcionista marcó varios sitios de interés que ignoramos completamente, y nos indicó dónde se encontraba la calle Corso, la calle de tiendas más cara de Roma. Dijo que nosotras, O y yo, debíamos ir allí a gastar el dinero de los caballeros. Estos italianos son tela de machistas... XDDD
Máximo, el hombre brújula, se hizo con el mapa y nos condujo por la ciudad los cuatro días sin ningún margen de error. Los chicos flipaban en colores. Yo estoy acostumbrada, y lo sigo flipando. Nunca se pierde, siempre sabe dónde está. Y encima lo recuerda, aunque pase mucho tiempo. La próxima vez que volvamos a Roma, no necesitará de mapas para llegar a los sitios dónde ya ha estado. Debería llamarlo brújulaman. Ni Prizz, ni Máximo.
Lo dejamos todo deprisa y corriendo para empezar a pasear por la ciudad. Ya era de noche, o casi (la foto anterior es de otro día, para llevarme el recuerdo de la entrada del hotel conmigo).
Me compré una guía de Roma por ocho euros. No quise hacerlo antes, porque me hacía ilusión comprarla allí. Máximo opina que comprar una guía de viaje, durante el viaje, es un error. Es como comprar Qué se puede esperar cuándo se está esperando, cuándo ya has parido. No te vale de nada (cito textualmente). Aunque esa teoría no se ajustaba a este viaje, que ya estaba bastante planificado. Él hablaba más de ir a algún sitio sin información previa. Información en papel, que es la que más nos gusta escudriñar, bien sentados en el sofá.
Éste edificio no sé que es, pero estaba detrás del hotel. Lo mejor de Roma es que giras una esquina y puedes encontrarte cualquier cosa. Es la cumbre del arte, joder.
Y el cielo... el cielo es de un azul imposible. Siempre tiene uno la sensación de estar dentro de una postal...

Al estar muy céntricos, pudimos pasar por varios sitios emblemáticos muchísimas veces. La primera noche fue genial. Era la primera vez que vimos, por ejemplo, la Piazza di Spagna. Mítica en mil películas, dónde todo el mundo se sienta. 135 escalones.

(Si le quiero hacer esos destellos con el photoshop no me salen, toma ya)
O la embajada de España. Todos los edificios tienen su encanto.

Una nocturna, porque si.

Y... ¿qué tenemos aquí?. La Fontana de Trevi era mi principal objetivo, por encima de todo lo demás. Al encontrarla, el corazón casi se me sale del pecho. Es PRECIOSA. Tanto como esperaba y más. Impresionante.
¿Habéis visto "La Dolce Vita"? La famosa escena en la que Anita Ekberg se mete dentro de la Fontana, con ese traje negro de noche, con ese escotazo que revolucionó en la época... y con Marcello Mastroianni, ¡qué hombre!
Mis fotografías no le hacen ninguna justicia. Además, como curiosidad, no está permitido desplegar trípode para fotografiarla. No sé porqué, pero vimos como los señores guardias se lo indicaban a un grupo que tenían uno. En realidad, no está permitido hacer absolutamente nada cerca de la Fontana. Nos estábamos comiendo un delicioso gelato cuándo nos sacaron del perímetro echando leches. Eran los guardias del NO.
-Las bicicletas no son sólo para el verano, y los helados tampoco. Ñac, ñac-

Para sacar una buena panorámica hay que estar bastante más lejos.

Y si no tienes alas, es imposible. Así estaba la fuente:

Abarrotada. Era difícil hacer fotos sin que saliesen cabezones por doquier. MUY difícil.

El templo de Adriano. O lo que queda de él, que son las columnas.

Los restaurantes típicos eran muy típicos. Mesas fuera con velas, aunque sea febrero. Y hacía un frío de cojones. Una de las cosas que mejor recordaremos será el frío que hemos pasado. Temperaturas bajo cero a plena luz del día. No sabíamos si estábamos en Roma o en Siberia.
Eso sí, como digo, la gente cenaba en la calle. Con el abrigo, la bufanda y el gorro bien calado. Y con guantes. Yo me hacía cruces de como se puede cenar con guantes, oyes.

Nosotros encontramos nuestro cado justo al lado del de la foto. Dentro, calientes. Cenábamos por 12 euros todo incluido cada noche, y nos poníamos hasta las cejas de pizza y pasta. Volvimos allí todos los días, y fue el sitio que mejores recuerdos nos traerá. Miscelanea, se llama.
Regentado por un americano, con un transilvano de camarero, del que al final hasta nos hicimos amigos de toda la vida...
Y después de cenar continuamos paseo. Otra cosa que nos dejó de piedra, el panteón de Agripa. La vista del monstruo al doblar una esquina era sobrecogedora. A esas horas, evidentemente, estaba cerrado. Lo más destacable, arquitectónicamente hablando, es el ojo de la cúpula. Pero ya volveremos a él cuando abran.

La piazza Navona durante la noche:

Roma es la ciudad de las fuentes. Están por todas partes. Verdaderas obras de arte.
(Esto sigue siendo la piazza Navona)





Y esta casa que compraremos para reformarla (en nuestros sueños). Resulta que es un edificio que sin ser muy famoso, aparece como uno de los rincones con encanto. O compró un librito de ilustraciones de rincones ¡y allí estaba! ¡nuestra casa!
Fijaos que tiene una vieja barbería a la izquierda. Qué genial...


Y creo que esto era otra embajada. De noche, todo son edificios iluminados. Me encantan las ciudades por la noche. Los juegos de luces me pierden...

Otra nocturna, porque si. Esta es mi favorita.

Y al saco.
En la habitación del hotel hacía un calor terrible, pero con el frío que llegamos a pasar, casi se agradecía estar en camiseta de manga corta sobre la cama.































































































































































































